Thursday, January 26, 2012

LA ESTATUA DE MERINO



Los homosexuales tenemos una histórica relación con los monumentos nacionales. El 22 de abril de 1973 aconteció la primera manifestación homosexual en Chile, cuando un grupo de travestis locales se reunió en el monumento al conquistador Pedro de Valdivia en Plaza de Armas de la capital, protestando por la persecución policial y exigiendo libertad sexual. El inédito hecho llamó la atención por sus proclamas y por manosear los testículos duros del metálico caballo del conquistador de Chile. En contrapunto, el ultra derechista grupo Patria y Libertad hacía explotar una bomba en el monumento al Che Guevara en San Miguel. El atentado terrorista que decapitó la cabeza del Che fue el fatídico preludio del Golpe Militar, liderado por Augusto Pinochet, Gustavo Leigh, José Toribio Merino y César Mendoza.

La trayectoria de los militares golpistas en Chile y los honores a su controvertida “obra patriótica” es disímil, pero se iguala en la ilegitimidad de su accionar a casi 40 años de la dictadura militar. Del aquel macabro y machista grupo facineroso destaca la excentricidad y gustosa relación con la prensa del almirante Merino, reconocido por su educación, manejo de idiomas y sus particulares comentarios de hechos noticiosos. Merino hablaba los días martes. Sus respuestas, sus frases, a veces serias, otras irónicas con risa incluida, dieron mucho que hablar. Sus declaraciones versaban sobre el presupuesto nacional, la mediterraneidad de Bolivia, llamando a los hermanos bolivianos “auquénidos metamorfoseados" o calificando a los compañeros comunistas como “humanoides”. Así, entre tallas, frases chispeantes y juicios severos, Merino se transformó en el primer “opinólogo” de la dictadura. Él se hacía querer y se defendía de las críticas con una simple frase: Yo no soy político, soy marino. Tengo derecho a decir lo que quiera”. Decía y hacía lo que quería, porque se escribe que fue el hombre que puso hora y fecha al Golpe Militar, siendo la Marina de Chile la institución más refractaria al reconocimiento de las violaciones a los Derechos Humanos. La triste historia del Buque Escuela Esmeralda tiene más ribetes de torturas, muertes e injusticias que gestos heroicos a lo Arturo Prats.

Al pasar a retiro en 1990, José Toribio Merino se dedicó a sus pasatiempos preferidos: el golf, la pintura, la fotografía y el cuidado de sus aves. Falleció el 30 de agosto de 1996 y el Presidente Eduardo Frei decretó tres días de duelo nacional, rindiéndosele todos los honores de un Comandante en Jefe. La fanfarria incluyó una estatua en su honor en el frontis del Museo de la Marina en Valparaíso, inaugurada el 31 de mayo de 2002. Los financistas del polémico monumento son connotados oligarcas del libre mercado en Chile.

La legalidad del monumento puede ser defendida por la Marina, no así su legitimidad ética que hoy salta a la palestra por las bienvenidas e indignantes protestas de marinos torturados, porteños orgullosos y un crítico público lector que como yo, homosexual y humanoide, considera una bofetada a la memoria histórica la permanencia y cuidado de una nefasta esfinge militar. Ya casi todos han manifestado su parecer faltando conocer la opinión institucional del Ministro de Defensa, Andrés Allamand. Es de esperar que la prensa oficial no sólo demuestre interés en conocer los detalles sabrosos del futuro casorio de la autoridad política, preocupándose también de una cuestionada estatua militar que se tambalea en sus ridículas pretensiones estéticas, simbólicas, políticas y culturales.


The Clinic 430, jueves 26 de enero de 2012, Santiago de Chile. 

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